sábado, 24 de diciembre de 2011

Llore usted por un ojo.


Oiga vuesa merced… y que me oiga bien espero,
que de tanto repetir ya lo que sigue,
agotado estoy, aunque no tanto como usted,
y créame que lo siento.

A dos tardes de otro día de Navidad nos hayamos,
otro año más de vejez, a nuestra puerta llama,
y por siempre sabemos ya que, en estas fechas,
se nos antoja el corazón un poco más blando,
y la bondad… un poco más atenta.

Si os escribo para repetir lo dicho,
no me lo toméis a cansera, (como tantas otras veces),
tomadlo como otro intento ciego,
de dejar en paz el asunto y a nosotros de igual manera.

No son días de agrado. Si acaso, son días de miedo.
No son días felices a pesar de tener blando también,
el corazón que me late. En realidad, decirle puedo
que días de tristeza son, latente de otra más triste aún.

No habrá Navidad para mí, este año que toca,
ni para muchos de los míos, sólo días que pasan
como el resto de los días,
lentos como nunca antes, y aun así,
lentos hasta detenerse los querría.

Usted pensará que la culpable es mi ira,
mi aparente pena o la mala sangre que guardo siempre aparte,
de todo cuanto pienso ahora, recuerdo y digo,
de aquellos que se empecinan con sus flechas en acertarme.

Si así fuere, le advierto entonces,
que su pensamiento no es de mi interés,
aunque cierto sea que estoy enfadado,

por rabia quizás, por pena no sé, por mala leche no dudo…
o por desespero, también.

Hay veces que revienta dentro de mí
la mal llamada paciencia, la culpa es solo mía,
pues me felicito... deje a mi estampa que mienta...,
de no ser rencoroso y aún así,
no olvidar nunca una afrenta.

En estos días malos, si alzo la vista un poco y
miro a demasiados lugares de este maldito mundo,
la gente se muere, los niños no comen y nosotros no paramos de llorar…
siempre por lo mismo, siempre por nosotros.


No debería vuesa merced buscar mucho más allá de sus lindes,
para ver cuanto le digo, que nuestro mayor motivo de llanto,
es siempre el mismo, el bien ajeno, la posesión del vecino.


Lo que él tiene y yo no tengo, lo que yo tengo y ya no quiero...
ni para mí, ni para nadie que pueda desearlo, por eso sin más,
en casa queda escondido.


Sepa usted, que cada día amanezco deportista
y la verdad sea dicha, me acuesto envejecido.
Objeto de escuchar cada día tanto llanto inútil,
reflejo del miedo que tenemos a no ser valorados,
a que nuestra vida solo sea otra mierda en el camino.


Los corazones blandos de hoy,
ingratos el resto del tiempo, piensan para sí,
que mejor subir la estima pisoteando al prójimo
y su maldita y supuesta virtud,
que esforzarse cualquier mañana de silencio,
antes de que el sol se asome.


O incluso un medio día, aunque llamen loco
a aquel que corre, y acaso no come.


No, el corazón blando de hoy, que mañana se endurece,
es de alma débil y de ganas escasas,
que prefiere hacer guiños a lo ajeno, siempre a destiempo,
siempre dando a entender que todo desea,
menos lo que guarda como suyo.


No me mire con tan mala cara, le suplico,
no me mire con preguntas, y pregúnteme sin dudarlo,
no le voy a esconder nada, porque nada merece esconderse,
soy débil como el que más y mi llanto quizás el mayor,
y con estas líneas, mi alma termina por mostrarlo.


Entienda, que haya dejado para el final,
lo que tanto me ha costado decirle,
que no dude usted ni un momento,
que siendo persona como es,
debe llorar un poco de vez en vez;
pero hágalo por un ojo, usted que puede,
que por los dos, ya hay millones de almas
que agotaron sus lágrimas para nada.


Somos de creer por estas lides, donde lo inútil
se mezcla con lo falso, que no somos menos,
si no dejamos que nos vean enrojecidos los ojos.

Le aseguro, que hay quien daría por cambiar,
que este no ver que se le viene encima,
fuese por lágrimas y no por su enferma vista.


Quizás solo sea un minuto el que le pido en estos días,
un minuto que lo ocupe un pensamiento, y quién sabe...
si ese pensar suyo en aquellos que ya no lloran y sólo les queda morir,
sea bueno para su alma, y para su blando corazón.

Hágalo así aunque sea mentira, y no deje nunca de llamarme loco
hágalo vuesa merced, que no por, al menos, intentar amar,
se deja jamás de amar un poco

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