martes, 21 de julio de 2015

Medio kilómetro más.


Medio kilómetro más...

He bajado caminando desde el Veleta. Pero hace ya, muchas horas que la palabra -competición- se ha diluido en el aire y el aire se la ha llevado.
No quiero correr más.
Arriba pensé que tardaría semanas en poder volver a hacerlo, pero conforme he ido bajando, el pecho me palpitaba menos y los pulmones volvían a llenarse de oxígeno.
Y aún así, no necesito correr más hoy, con el reloj metido en la mochila, bajo  caminando y tranquilo.
Medio kilómetro antes de meta, una chica espera a alguien y me anima.
"Ya lo tienes", me dice. "Enhorabuena".
Enhorabuena... pienso. ¿Cómo entender que se me felicite por llegar en este estado...?
Hoy es martes. Recuerdo que el sábado por la tarde, en ese instante escuchaba perfectamente al speaker y el bullicio de la gente en la plaza y pensé entonces que ya había terminado todo...

EL SOL BRILLA TANTO ALLÍ ARRIBA... 
Una hora y media antes, estaba arriba.
Un terraplén de doscientos metros en línea recta y un 50% de desnivel, se come otros 15' de mi día y lo peor está por llegar. Coronar.

Cada pocos y lentos pasos, me voy deteniendo para respirar y aliviar un poco el dolor de cabeza que me provoca la altitud. Me voy sentando en todas las rocas que no me obligan a agacharme demasiado. Jamás en mi vida había caminado tan lento dándolo todo...

Pienso en cosas sencillas. Cuento los pasos hasta la siguiente roca o giro de la senda y vuelvo a sentarme. El sol brilla tanto allí arriba que cuando cierro los ojos, sigo viéndolo.
Y cuanto más subo, más caigo.

Me pregunto, como llevo toda la vida haciendo, porqué he seguido...
Más que sentir, soy consciente de que me he equivocado. Me viene a la cabeza, un amigo, un buen amigo al que la montaña se le llevó a otro ser querido hace poco.
No tiene ningún sentido sentirse más pequeño aún de lo que uno es. Hay cosas que no hay que hacer. Líneas que no hay que sobrepasar.

No tiene sentido verte tan vacío por dentro como un pozo sin agua, un final sin luz.
La altitud me ha vencido. Nunca hemos sido amigos. Me ha ganado la partida desde hace horas y ahora me está aplastando.
Al llegar arriba, al punto más alto de la prueba y sabiendo que pocos minutos allí sin moverme me harían pasar mucho frío, me senté sobre la tierra junto a los dos voluntarios que me daban agua y onzas de chocolate.
Entonces me acosté y antes de apoyar la cabeza en la tierra ya había cerrado los ojos y pensé entonces que ya había terminado todo..
 
AMANECE Y DESPIERTA.
Desde Guejar hasta Pradollano, muchos kilómetros y horas antes, los ojos agradecieron, no solo la llegada del día, sino comprobar que las rampas no eran tan difíciles como lo fueron durante la noche.
Llevaba más de nueve horas pero sentí como si algo dentro renaciera. Pensé que por una vez, había obrado bien desde el principio y lo mejor estaba por llegar.

Subí confiado a la vez que tranquilo. No dejé de comer y animé a todo aquel al que pude alcanzar. Les veía subir lentamente y sentía su esfuerzo porque así había estado yo buena parte de la carrera. Lo sentía y hasta sentía sufrirlo también.

TAN CERCA. TAN LEJOS.
Y el espejismo duró apenas dos horas. Llegando a Pradollano y en poco tiempo, pasé del sosiego al agobio, de la tranquilidad al pulso acelerado y fuí cada vez más y más lento.

Acababa de mirar al Veleta y de pensar que, poco a poco, lo haría... y en un momento, volví a ver el pico y aquel  parecía haber crecido hasta el infinito. Vuelvo a empequeñecer más aún que antes y entiendo que al infinito no se puede llegar. Yo no llegaré nunca. Porque al infinito se llega con los sueños cuando tienes años de joven, y a mí las dos cosas se me van acabando con el paso del tiempo.
Entrar en Pradollano fue sencillo. Mi mujer esperaba con la niña dormida en brazos. Y eso me alegró más que el día, la vida.

"No sigo. No puedo más. -Me duele una rodilla mucho y no quiero lesionarme..." Le dije.
Y era cierto, pero no era tanto. Era una verdad a medias repetida tantas veces que hasta llegué a creérmela. Necesitaba una razón lo suficientemente grande para no seguir, porque temo. Sí, temo.

"¿Te paras aquí? El coche está ahí mismo", me dijo.

"No, voy hasta el avituallamiento, cien metros más".
Llegar allí era mi consuelo. Terminar por completo esa penúltima etapa del día. Llegar a Pradollano y que no tuvieran que trasladarme desde ningún otro lugar.

"Yo me quedo aquí. La niña pesa mucho y no puedo seguirte". Me dijo.
"Ahora me llamas y me dices. Aquí estamos".

Quise decirle entonces cuanto lo siento. Cuanto siento no hacer lo suficiente a veces, para que se me vea feliz.
Y lo suficiente, de sobra sé que casi siempre es, mucho menos de lo que pretendo.
DAME AGUA Y GALLETAS DE CHOCOLATE.
Dentro del edificio, me aplauden al llegar. No sé ni qué comer, no tengo hambre. Solo quiero sentarme.
Cojo algo de arroz y pan y me siento.
El plato sigue intacto y yo agacho la cabeza sobre las manos. Los voluntarios me animan y les pido que no sigan, porque yo no voy a seguir.
No sé si abatido es la palabra. Sólo es una prueba deportiva y un lugar al que puedo volver siempre que quiera, sin necesidad de dorsal. Pero yo, como tantos otros, he elegido ese día. Ese mal día.
"Me he retirado...", les digo. Ha podido conmigo. Otra vez. Pienso, asumo y respeto todo lo que puedo.
Pensé entonces que ya, por fin, había terminado todo.
Más de media hora después, y aún allí, veía como un espectador más a los corredores entraban exhaustos por una puerta y tras comer, salían y continuaban por otra distinta.

Ya respiro bien y sigo con las manos en la cara. Me froto los ojos y me rasco el pelo. Me voy enfriando y empiezo a preguntarme qué puerta escoger.

"Dame agua y galletas de chocolate. Muchas. Me van a hacer falta... maldita sea", le digo al buen voluntario.
El sonríe. Pero yo no. No está bien lo que voy a hacer.
Salgo por la puerta. La puerta pequeña. Y empiezo a subir caminando sin alzar la vista.
"He de llamarla y decírselo rápido para no arrepentirme o darle tiempo a una palabra de preocupación" pienso.
Y sé que la dijo. Sé que de alguna manera, me pidió que no siguiera. Pero esperó a que cortara la llamada para hacerlo. No es justo para ella. No lo es. Saber que hay cosas que soy incapaz de cambiar.

A partir de ahí, no hubo ni un segundo de alegría en mis pasos.
Cuanto más me acercaba al sol, más oscuridad había... Cuanto más soplaba el viento, más silencio escuchaba... Cuanto más miedo tenía, más difícil se me hacía mirar atrás y volver.

GRANADA ES LUZ. Y NOSOTROS, LUCIÉRNAGAS.
A las doce de la noche dieron la salida.
Medio kilómetro más allá subíamos a la Alhambra y dentro de la ciudad bajábamos hacia el Darro.
Cinco minutos tardó la prueba en decirme que no me quería.
Bajando por asfalto, las piernas se bloquearon y el dolor de muslos me hizo parar y seguir caminando, fui el primer... y único corredor que caminaba tan pronto.
Todos pasaban y los amigos, los buenos amigos de La Sima y de Lorca, preguntaban y yo solo les decía que...  aquello ya había terminado.

Demasiadas visitas de este dolor durante demasiados años con una vértebra que no me dejará vivir una mediocre vejez, me recuerdan que si me relajo, puedo continuar. Mucho más lento y con molestias a cada paso, pero puedo seguir. Y lo hice.

Y hacerlo me brindó una vista increíble de toda la fila de luces serpenteando las montañas de noche por delante y cada mirada atrás duraba todo lo posible para saborear la vista de una ciudad como Granada que brilla y se aleja. Si no crees en la magia, tienes que verlo...

No me arrepiento de haber continuado. Aunque solo sea por eso.

RATOS DE ESTA VIDA QUE, A VECES, DURAN DEMASIADO.
Puedo oír al speaker en meta. Medio kilómetro y mi día más largo, llegará a su fin.

Llevo varios minutos con leves mareos que conforme desciendo se alargan más en el tiempo. No tengo hambre ni sed. Me he alimentado mejor que nunca pero cada vez me cuesta más mantener la línea recta. Venía bien y empiezo a estar peor aún que allí arriba.
(Más tarde, los dos pasos por la ambulancia y tras varias pruebas, me explicarán que ha sido el cambio de presión lo que tanto me ha afectado. Llegué a marearme otra vez mientras hablaba con el bueno de Pau Capell y Marta, que se acercaron a saludar, después de tanto no pasamos apenas tiempo juntos).

Aquella muchacha que esperaba a alguien, acababa de felicitarme antes de llegar.
La senda pasa junto a una valla. Llega al asfalto desde donde se ve el arco de meta.
La senda se separa de la valla. Pero yo no. La valla debe estar cerca porque algo no va bien.
Me tambaleo. No tengo hipoglucemia, eso lo tengo claro, pero no soy capaz de caminar erguido ni en línea.

Miro abajo y sé que son ellas, aunque no las distingo, pero se que van a estar cuando llegue y antes que nadie, las dos vienen a mi encuentro.
Entonces el mundo se me viene encima. Yo no quería esto. Así no. Otra vez así, no.

Mi hija me coge la mano y siento que me da igual llegar o no. Es más, no le encuentro ningún sentido a hacer ni un solo metro más, aunque sean unas pocas decenas los que me quedan.
Temo caer y asustarlas. Mi niña no sabe nada. Y entramos juntos a meta cogidos de la mano.
La gente aplaude. Alguno grita y me da la enhorabuena desde la valla.
Enhorabuena...

Nunca, jamás en toda mi vida, en toda la vida que he deseado ser padre, que ha sido mucha, imaginé que la primera vez que cruzara una línea de meta con mi hija, sería ayudado por ella.
Inma tiene dos años y tres meses.

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